
El clima no era el mejor en la previa de Crucero-Guaraní. De la última vez que se habían enfrentado quedaron secuelas que ayer se trasladaron a los jugadores, quienes armaron una batalla.
Esta vez, lamentablemente, la nota negra del clásico se produjo
adentro de la cancha. Segundos después de que el árbitro Alberto Flores
decretase el final del juego, los simpatizantes franjeados, inundados por la
impotencia que significó volver a perder, destrozaron totalmente el alambrado
que separa la tribuna García Coni del campo de juego.
Y aunque la policía impidió el ingreso de los simpatizantes visitantes al
terreno de juego, fueron los propios jugadores, utileros, integrantes de cuerpo
técnico y asistentes los que armaron una verdadera batalla campal a lo ancho y
a lo largo del campo.
Hubo golpes de todo tipo, corridas incansables, patadas, tackles y empujones
entre todos y cada uno de los protagonistas. Fueron unos pocos, esos que
sinceramente pregonan la no violencia, los que intentaron separar y calmar las
aguas, pero por lo visto ayer, la gran mayoría de los protagonistas eran de los
que dicen con la boca pero borran con los puños.
Ojalá, por el bien del fútbol, haya medidas disciplinarias para todos. Aunque
le cueste al fútbol misionero. Sólo así se aprenderá la lección.
Aunque lo de ayer se caía de maduro. Lo ocurrido en el último encuentro en
Santa Inés por la fase regular (1-1, goles de Marzo y Cuellar) fue un anuncio
de lo que iba a venir después. En esa ocasión, la lluvia de proyectiles que se
intercambiaron ambas parcialidades terminó de decretar la guerra.
La gota que rebalsó el vaso se produjo cuando lejos de la cancha, la policía detuvo
a un numeroso grupo en el cual habían mayores y menores y los tuvo tirados al
costado de la ruta sin medir las consecuencias
Y hubo más: la barra franjeada, al día siguiente, cuestionó a la dirigencia el
hecho de que no los hayan defendido como tenían que hacerlo.
Entonces el clima estaba álgido. La mano no venía bien. Y ayer se presumía que
ese malestar otra vez iba a estar presente. La semana arrancó con los cruces
por el día y horario del partido, en el se presentaron las voces dirigenciales
de manera antagónica.
Luego llegó la designación del árbitro, que arrancó suspicacias, aunque
fundamentalmente sorpresa. Da la sensación de que la prioridad es poner palos
en la rueda al rival y no buscar el beneficio propio. Quizás en algún momento
termine. Quizás.

El veedor elevará el informe al Consejo
La imagen que dejaron los principales actores del clásico al final del partido
es, sin dudas, la más triste en la historia de estos encuentros.
Trae a la mente lo peor del fútbol, lo más cuestionable de la violencia y echa
por tierra eso de que “ojalá sea un buen espectáculo y no haya inconvenientes”,
como suelen afirmar jugadores y técnicos antes y después de cada partido.
Todo eso ayer quedó en el olvido. No importa ni viene al caso quién o quiénes
originaron los hechos, sino porqué todos se contagiaron de la rabia y
potenciaron aún más la ya de por sí criticable actuación agresiva colectiva.
Dardo Romero y Marcelo Morales siguieron al final del partido lo que habían
iniciado en el campo, y que terminó con la expulsión del atacante franjeado por
agredir justamente al zurdo lateral del dueño de casa. Un utilero del
Colectivero tampoco se quedó atrás y se cargó a unos varios de la Franja. Fue una lucha
desigual en cuanto a escala jerárquica, pero sin diferencias a la hora de pegar
y recibir. Amarillos de un lado, franjeados del otro.
A todo esto, el árbitro Alberto Flores, y sus colaboradores, Edilio Castillo y
Gastón Ramírez, fueron apurados por la policía para que ingresen al vestuario y
evitar consecuencias físicas mayores.
Previamente, Tobías Albarracín, el capitán franjeado, empujó al propio Flores y
fue informado por éste, por lo que se calcula será suspendido.
Con el juez principal del encuentro no vio absolutamente nada de lo que se
sucedió en el campo, todo ahora quedó en manos del informe de Claudio Fabián,
el veedor del partido que ya elevó al Consejo Federal un informe, para nada
alentador, sobre la actuación de jugadores, asistentes, utileros e integrantes
del cuerpo técnico.
Esta vez se pensó
A diferencia de lo que sucedió en el último clásico disputado en Santa Inés,
donde no sólo falló el operativo policial sino también la decisión dirigencial
de juntar a las dos barras en la misma tribuna, esta vez las autoridades del
Colectivero tomaron medidas más pertinentes y evitaron inconvenientes
mayores entre el público (cruces de proyectiles, agresiones verbales) al ubicar
a las fracciones más violentas de cada club en sectores opuestos. Así, la gente
de Guaraní fue situada en la tribuna Carlos García Coni y los simpatizantes
locales en el sector que está a la izquierda de la platea.
Los 150 efectivos policiales hicieron un trabajo coordinado y sin
fisuras, (controlaron el momento en que los visitantes rompieron el alambrado)
tanto fuera como dentro del estadio, y afortunadamente entre los hinchas todo
terminó como debe ser.